Una gran idea

Por Isaac / hace 2 años / 0 Comentarios ».

“Y el mar allí enfrente, lejano,
dejando apenas restos de espuma
en mis pies al subir de su marea…”

Juan Rulfo.

No era para menos. Observaban atónitos el escultural cuerpo de la muchacha, que tumbada en la orilla dormía plácida, ignorante del vivo asombro que había despertado su figura entre sus jóvenes corazones. No es que antes no hubieran tenido ocasión de contemplar una chica desnuda sino que nunca entró en sus esquemas tenerla tan cerca y al natural. Sus ojos siguieron ensimismados el contorno curvilíneo de sus formas, se pasearon por su cadera, desde los muslos tersos hasta posarse en los senos ondulados, tan suaves que parecían. Richard, el cabecilla, no cesaba de disparar su cámara fotográfica con desenfreno.

-¡Es increíble!

Entre ellos también se cruzaban miradas, más de incredulidad que cómplices, casi se retrotraían al preciso instante en que se les ocurrió la gran idea… Lo habían planeado la noche anterior en el campamento, no estaban dispuestos a que aquella excursión se la tragara el aburrimiento y, todo el grupo de acuerdo, convinieron en escapar a la jornada siguiente y realizar por su cuenta la aventura que tanto ansiaban, lejos de guías y profesores y del montón de memos de la clase que estaban hartos de soportar durante todo el año. Se habían propuesto que aquel curso de medio ambiente se convertiría en una escapada inolvidable.

Cuando acabó la charla sobre las distintas familias de setas y se reanudó la marcha a pie, ellos se desviaron en la entrada de aquella gruta a través de la que podía vislumbrarse el otro lado, al final. En un descuido, cruzaron el umbral corriendo, conteniendo el aliento hasta explotar en risas una vez lograron zafarse del resto. Por fin solos! Los cuatro amigos habían conseguido salirse con la suya y esta vez lograron convencer a tres de las chicas de la clase más afamadas por su formalidad. Sin duda, al final de la tarde recibirían todos ellos una buena reprimenda del coordinador, pero estaban dispuestos a llevar a cabo su propia diversión. Con dieciséis años y lejos de los padres suele presentarse la inmejorable oportunidad para realizar lo imposible, ya habían dado el primer paso y no albergaban ninguna intención de volverse atrás.

Habían caminado durante horas entre risas, canciones y alaridos por lo que semejaba la ladera descendente de una loma baja, se entretuvieron entre unos árboles gastando bromas y burlándose de los compañeros, imitaban sus gestos al descubrir la estratagema de su desaparición. Después de reponer fuerzas con los bocadillos cargaron de nuevo sus mochilas a hombros y vadearon entre las grandes piedras de la costa hasta la playa. Hasta allí habían llegado como exploradores noveles en su primera misión de reconocimiento y, si bien les compensaba el mero placer de sentirse libres, solo por eso la experiencia bien había merecido la pena.

Fue justo cuando Silvia comenzaba a quejarse del daño causado por una de sus botas que revisaron la opción de regresar al campamento, sí, no habían contado con el final de la aventura. Pero entonces la cara de estupor del travieso Dyc, al percatarse que no se trataba de ninguna otra broma, les obligó a mirar hacia donde estaba señalando con insistencia. Se aproximaron aún más para dar crédito a sus ojos y allí, frente a ella, tan dormida y sensual, los siete excursionistas se deleitaron con la escena sin perder detalle. Sus facciones eran dulces, hermosas y tan grandes… Tan grandes que cuando la chica parpadeó en un intento por abrir sus ojos el grupo de muchachos huyó despavorido hacia una alta duna cercana. Desde allí, escondidos, continuaron espiando cada uno de sus movimientos…

La chica se desperezó con un breve bostezo, estiró sus brazos con elegancia y se incorporó desplazando al moverse toneladas ingentes de arena que caían desde el cielo amenazando con sepultarles dentro de su escondrijo. Las gotas de agua a su vez formaban auténticas cascadas de caudaloso torrente que la enorme muchacha se sacudía mientras, con paso lento, se adentraba en el mar dispuesta a zambullirse en un baño reparador. Los chicos cruzaron miradas nerviosas entre sí y, temerosos, dirigían su preocupada inquietud hacia el cielo… Quién sabe lo que podría caerles desde allí arriba. Mientras, ellas se abrazaban en un desesperado intento por consolarse ante tal perplejidad sin conseguir del todo sobreponerse al espejismo del que habían sido principales testigos.

-No puede ser…- se atrevió a musitar Nelly.

-A lo mejor mide treinta metros!- gritó Frank.

-Sí, como la torre de Palm Ville… –aseguró Fred.

-Más todavía…

Estas últimas palabras las profirió Richard, el promotor de la genial idea. Sin embargo, no bien las hubo pronunciado se palpó con disgusto entre las ropas…

-…La cámara. He perdido la maldita cámara de fotos…

La muchacha gigante braceó aún unas yardas más, antes de alejarse caminando por la orilla a grandes zancadas con paso calmo, ajena a los diminutos vigilantes que, agazapados en una de sus huellas, no le quitaron la vista de encima hasta que su descomunal silueta terminó por difuminarse más allá del horizonte.

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