11 diciembre, 2016

El payaso sonriente

Hay una noche específica al año, cada 6 de diciembre que aparece el payaso sonriente, pero no le aparece a cualquier niño, sino a los que se pierden cercas de los bosques, a esos niños que salen en los papeles de se busca y más nunca se encuentran.

El payaso sonriente

Jason tenía diez años, en el colegio había oído una rara historia de un payaso sonriente, entre sus amigos bromeaban acerca de quien esa noche del 6 de diciembre se atrevería a ir al bosque, él creyéndose del más valiente, fue el único que se ofreció, sus amigos no quisieron acompañarlo, pero para demostrar su estadía en aquel oscuro y solo lugar, tendría que grabar todo lo que sucediera.

Jason se escapó de su casa, esperó a que sus padres se durmieran y por la ventana de su casa hizo el menor ruido posible. Tenía en su bolso algunas golosinas, su celular y un casco donde se podía poner cámara.

Caminó por unos minutos, al principio tenía miedo, pero todo era tan tranquilo, se oían de fondo a los insectos y a los carros pasar.

  • Puras leyendas – se sintió un poco estúpido por haber aceptado el juego –

Se puso su casco y se adentró al bosque, los árboles gruesos los vigilaban y sus hojas ni sonaban, de pronto sintió algo moverse detrás de él, era mucho más grande que su pequeña estatura.

  • Muchachos … – presumía que eran sus amigos jugándole una broma pesada –

Vio entre el monte profundo moverse una silueta muy colorida, ahora sí estaba empezando a espantarse.

  • Lo digo en serio, paren – movía la cabeza en todas las direcciones asegurándose que nadie le llegara de sorpresa –

No hubo repuesta. Empezó a devolverse, cuando una mano que le impedía moverse, con un guante rojo le sostuvo el hombro

  • Vamos a jugar – le dijo el payaso, era horrible, tenía los ojos deformes, una pequeña peluca roja y un traje blanco con un arcoíris en el pecho, lo que más perturbaba era su sonrisa toda ensangrentada y cosida a sus pómulos –
  • ¿Payaso sonriente? – dijo gimiendo del susto, con el corazón latiendo excesivamente rápido –
  • Si adivinas en qué mano tengo el caramelo, te lo puedes quedar e ir a casa, pero si no lo adivinas te quedas conmigo y sonreirás para siempre – su voz era gutural, como si un animal salvaje pudiera pronunciar palabras –

Jason señaló la mano izquierda, el payaso sonriente abrió la mano y no había nada.