2 diciembre, 2016

El tigre de la selva

Una vez cuando era niño fui a un viaje a África. Vi a tantos animales, habían leones y leonas descansando bajo un árbol del sofocante sol, cebras con sus interminables líneas blancas y negras, enormes y amistosos elefantes que movían sus trompas y se llenaban de agua, largos cuellos de jirafas; sin dudas el animal que más me gusto fue el tigre de la selva por su velocidad y agilidad.

El tigre de la selva

El autobús de paseo se detuvo justo donde había un tigre caminando, el instructor dijo que solo pocos nos podíamos bajar a observarlo, fui de los tres que se ofrecieron, pude por unos segundos acercarme a ese feroz animal, acaricié su lomo y nos volvimos a montar de regreso en el autobús.

Al año siguiente ya tenía once, mis padres estaban poniéndose de acuerdo de a donde viajaríamos estas vacaciones, les suplique que fuéramos de nuevo a África a ver al tigre de la selva, ellos aceptaron, pronto empacamos nuestras maletas y ya estábamos en el avión. Me advirtieron que este sería un recorrido más intenso y diferente, no entendí a qué se referían.

Al montarnos en el autobús, este tenía camuflaje, vi unas escopetas a los costados, supuse que era por precaución. El primer animal que vimos fue al tigre, estaba muy emocionado, de pronto el instructor tomó la escopeta y apuntó:

¿Qué haces? – le dije alterado – Esto es un viaje de caza, dime que esperabas ver. Observa bien el gatillo de esta escopeta – escuché a la bala certera clavarse en la cabeza del tigre.

¡Me quiero ir! – les grité a mis padres, no lo podía creer le habían disparado al tigre de la selva.

No hablé en todas las vacaciones con mis padres a excepción de lo necesario, volvimos a casa en una semana, ellos quisieron enmendar su error y me invitaron a ir al zoológico, lo acepté.

El zoológico es uno de los lugares más triste que conocí, hay pocos animales que en verdad mantienen correctamente su forma de vida, están amontonados y sin espacio para correr y ser felices. El tigre de la selva estaba encerrado en una jaula, no se movía y parecía sumamente triste.

Desde ese instante aprendí una valiosa lección: cada animal debe vivir en su hábitat natural, no puedes obligar a los animales a estar encerrados en una jaula, solo porque te parecen bonitos y debes respetar su agresividad.