30 octubre, 2015

Un cuento corto que te sacará lágrimas: Mi amigo Baltasar

Ahora estoy sentado en mi sillón favorito, acariciando a mi amigo Melchor y es inevitable que al hacerlo recuerde a mi amigo de infancia.

Es una situación muy angustiante, aún ahora.

Cuando comencé a tener uso de razón, él ya estaba a mi lado.

De niños jugábamos juntos, él solo quería correr, pero aceptaba cualquier juego que a mí se me ocurriera.

Baltasar me quería mucho, y gran parte de mi infancia, fue mi mejor amigo.

Yo también lo quería, y como todo niño, no sentía aprehensión alguna para abrazarlo y besarlo. Muchas veces dormía conmigo a escondidas, aunque la ira de mamá terminaba por separarnos cuando nos pillaba. Esas noches, para que él durmiera tranquilo, le contaba las ideas locas que había planeado para el día siguiente. Él me miraba casi sin pestañear hasta que el sueño lo vencía.

Mis padres eran felices al vernos jugar. Alguna vez les oí comentarios acerca de lo tolerante y paciente que era Baltasar conmigo, y que aún cuando él fuera más grande y de apariencia matonesca, lo pasábamos muy bien.

Ya más grandecito, cuando comenzaba a tener amigos de vecindario y de colegio, mis padres creían, y me lo decían, que Baltasar pasaba por una depresión a causa de la poca importancia que le daba. Pero yo sabía que si yo necesitaba jugar con él, porque mis amiguitos no podían salir a jugar, Baltasar estaría ahí.

En el fondo siempre supe que aunque yo no jugara con él, se sentía orgulloso de cómo llevaba mi vida social con los otros niños. Se sentaba a un lado de la calle a observarme con mucho orgullo.

Baltasar no podía jugar a las escondidas porque no entendía. No podía jugar a la guerra con nosotros porque no podía tomar armas. No sabía jugar a la pelota. Por eso no jugaba siempre con él, pero nunca dejé de quererlo.

Muchas veces, cuando algún adulto nos retaba, a mí sobre todo, Baltasar se acercaba lentamente con su figura peligrosa y los adultos se marchaban.

En muchos momentos de mi infancia, Baltasar fue mi héroe.

Cuando adolescente, yo lo llevaba al parque para que se distrajera un poco, saltara y corriera, mientras yo coqueteaba con las niñas que andaban por ahí. Muchas veces Baltasar llevó una flor a alguna niña de mi parte, y como él se hacía querer muy rápidamente, pronto tenía que ir a buscarlo para llevármelo y de ahí nacía una conversación que se acrecentaba en el tiempo.

En cierta ocasión, andando en el parque, a una hora que no acostumbrábamos pero que era imperioso para mí, puesto que la niña que me gustaba iba a esa hora, hicimos la rutina de la flor. Nunca fallaba y esa ocasión no fue la primera. Al ir a buscarlo, la risa, la conversación y la química surgió mágica y deliciosamente. La niña y yo quedamos deslumbrados y nos olvidamos de Baltasar.

Luego de un rato ella preguntó por mi amigo y yo respondí que ya llegaría. No fue así. Pasaron dos horas y no volvía. Esta niña llamó a su casa para avisar que aún estaba en el parque y que se tardaría un poco más para ayudarme a buscar a Baltasar. Comenzamos su búsqueda y mi preocupación iba en aumento. Cuando comenzó a oscurecer la niña se fue y yo continué mi infructuosa búsqueda.

Él era mayor que yo por un año, ya tenía catorce años, pero su personalidad lo hacía ver más chico aún. Fui en busca de mis viejos y seguimos buscándolo por horas.

Al otro día recomencé su búsqueda con la niña que me había acompañado.

Fue imposible aguantar mi pena y dolor. Mi llanto, parece que sensibilizó a la niña y comenzamos un romance que duró algunos años.

No me casé con esa niña, sin embargo mi mujer, es lo que yo buscaba como pareja. Tampoco volví a ver a Baltasar, aunque hoy tengo otro amigo que es tan fiel como aquél. A éste lo llamé Melchor, y aunque no puedo enseñarle todo lo que le enseñé a Baltasar, también es un buen perro.