30 octubre, 2015

Un viaje en tren.

El día de mi cumpleaños nos dirigimos hacia Barcelona desde Valencia en tren. Mis padres me prometieron que iríamos a visitar las maravillas de la costa. En la estación todo era un murmullo de gritos, y mensajes de información, lo cierto es que la estación de trenes parecía un hormiguero humano.

Casi perdimos el tren pero logramos cogerlo en marcha, después de correr un rato a su altura.

Yo como siempre escogí un asiento pegado a la ventanilla que para mí era lo mejor del viaje. Tras el cristal había un mundo silencioso, callado, que no parecía inmutarse al paso del traqueteo ruidoso de la máquina. En cambio en el interior del vagón había un ambiente cargado, grisáceo, aburrido, sin colorido; el cual a mí me gustaba poco. Por eso yo me conformaba con mirar por aquel pedazo de cristal cuadrado. Para mí mirar por la ventanilla era como ver postales; cada tramo del recorrido era un paisaje diferente y quedaban grabados en mi mente como si fueran …….. eso; postales.

Lo desagradable vino después cuando se hizo de noche y no se veía nada a través de la pantalla transparente; tan sólo la luna cambiaba junto a mí hasta llegar a Barcelona que quedó para quieta, como si hubiera estado esperándome siempre en aquel lugar levantino.